Clásicos, Reseñas

¡Feliz día de la niñez!

Para festejar les dejo un cuento de Edith Nesbit, autora inglesa de mediados del siglo XIX y principios del XX conocida por sus textos para niños/as. Fue una gran influencia para autores como C. S. Lewis (Las crónicas de Narnia) y J. K. Rowling (Harry Potter) entre otros.

Las cuentas que salieron bien de Edith Nesbit

Si veintisiete barriles de manzanas cuestan 25 libras, 13 chelines, 3 peniques, ¿cuánto valdrían los mismos barriles si los hubiera llenado una persona deshonesta que solo puso 7/9 de manzanas en cada barril y el resto aserrín?

Esta era la cuenta.

No les parecerá difícil, quizá, a los que han estudiado con fervor durante años en un internado, o en una escuela secundaria, o en una escuela preparatoria para hijos de caballeros, pero a Edwin resolver esta cuenta le resultaba una tarea tan dura como una galleta marinera. Pero la enfrentó como un hombre y en breve propuso un resultado, y su maestro dibujó una gran B ondulada atravesando la cuenta. Quizá no sepan que esa gran B ondulada significa “Bien”.
En cuanto a la cuenta, intentaré que un Académico del  Trinity College, de Cambridge (que es una persona increíble), la resuelva para ustedes, y si lo logra, colocaré el resultado al final de esta historia. Yo no puedo resolverla.

Edwin se alegró al ver la gran B ondulada. La veía con tan poca frecuencia que encontrarla fue un verdadero placer.

—¿Pero de qué sirve? —dijo—. Todas las cosas conducen a otras excepto las clases. Si siembras semillas en el jardín, se convierten en flores, a menos que sean semillas podridas o que olvides dónde las plantaste. Y si compras un conejo, pues, allí está, a menos que se muera. Y si comes tu cena, pues, ya no tienes más hambre hasta dentro de una o dos horas. ¡Pero las clases!

Mordió su portaplumas con enojo y metió la cabeza bajo la tapa del pupitre para buscar plumas o “nibs” para jugar con Simpkins Minor. ¿Claro que conoces el juego de los plumines, no? Sostuvo la tapa sobre su cabeza, como supongo que has hecho a menudo. El interior del pupitre estaba bastante oscuro, por lo que la luz que brilló de pronto en el fondo se vio muy luminosa y evidente.

“¡Los fuegos artificiales, cielos!” fue lo primero que pensó Edwin.

Pero no se trataba de fuegos artificiales. Era como una luciérnaga, solo que mil veces más brillante y blanca. Porque era la luz de la razón pura, e irradiaba de los bellísimos ojos del Hada de la Aritmética. ¿No sabías que había un Hada de la Aritmética? Si supieras todo lo que yo sé, sería muy tonto de mi parte tratar de contarte historias, ¿no crees?

Los maravillosos ojos resplandecían y destellaban directamente en los redondos ojos desorbitados del sorprendido Edwin.

—¡Te doy mi palabra! —dijo el hada.

Edwin no habló.

—¿Es que nunca nadie te lo dijo? —continuó el hada, sacudiendo su vestido, que estaba hecho de cálculos integrales y adornado con deslumbrantes flecos de logaritmos—. ¿Es que nunca nadie te dijo que las cosas que suceden cuando haces bien las cuentas ocurren cuando eres adulto?

—No me interesa lo que ocurra entonces —se atrevió a decir Edwin, porque los ojos destellantes eran ojos amables—. Seré un pirata o un fugitivo, o algo así.

El hada se puso de pie y su elegante guirnalda de ecuaciones simples tembló ante la respiración agitada de Edwin.

—Un pirata —dijo—, ¡lindo pirata, de esos que no pueden calcular la parte del botín que les toca a sus hombres en tres séptimos de un eslabón de oro de la cadena del capitán muerto! ¡Lindo fugitivo, de los que no pueden distribuir las cuarenta y dos balas de los revólveres de sus siete intrépidos seguidores para que cada uno de sus quince enemigos reciba la cantidad justa! ¡Al diablo contigo! —dijo el Hada de la Aritmética.

Pero, como dije, Edwin estaba con los ojos como platos.

—Yo digo —apuntó de pronto el niño— que eres muy, muy bonita.

El Hada de la Aritmética tenía una única debilidad, una debilidad femenina. Amaba que le dijeran cosas lindas. Si era directo, mala suerte, aunque, aun así…

El hada bajó la mirada y jugueteó tímidamente con el montón de fracciones comunes que adornaban la faja de su vestido.

—Supongo que no se puede esperar que lo entiendas todavía —le dijo ella, en un tono muy dulce.

Edwin tomó coraje.

—Cuando hago cosas, quiero que algo pase de inmediato. Quiero un conejo blanco y lo quiero ahora.

Ella no reconoció la cita.

—Pídele a tu maestro que te dé una cuenta de multiplicación simple con conejos blancos —le dijo—. Adiós, mi niño. En un tiempo me conocerás mejor, y cuando me conozcas mejor, me amarás más.

—Yo… eres adorable ahora —dijo Edwin.

El hada rio y desplegó sus deslumbrantes alas, que relucían con toda la gloria de la matemática compleja.

Edwin cerró los ojos encandilados y los abrió cuando la tapa del pupitre se cerró sobre su cabeza, empujada por una mano firme. Era la mano del maestro de Matemáticas, para ser más precisos.

Se presentó un nuevo ejemplo. Y, curiosamente, había conejos blancos en él.

Empezaba así: “si siete mil quinientos sesenta y tres conejos blancos…”. Edwin, con el cerebro hecho un torbellino, lo resolvió bien gracias a algún tipo de inspiración, como un profeta de la antigüedad o una calculadora mecánica.

Cuando regresó, con los libros sujetos con una correa, a la casa roja cuyas tejas él sentía como su hogar, se encontró con un animado tumulto que danzaba alrededor de la entrada pintada de blanco.

Todo el jardín delantero, así como también la mayor parte del jardín trasero, era una masa bullente de conejos blancos. Había siete mil quinientos sesenta y tres, para ser exactos. Solo yo sé esto. El dichoso Edwin y sus consternados padres nunca pudieron contarlos.

“Cuántas conejeras que vamos a necesitar”, pensó Edwin alegremente. Pero cuando su padre regresó de la Bolsa de Valores, donde pasaba sus días considerando 7⅝ y 10-3/32, sin duda bajo la supervisión directa del Hada de la Aritmética, dijo de inmediato:

—Manden llamar al pollero.

Así se hizo. Solo dos conejos blancos quedaron en posesión de Edwin, pero estos, gracias a los poderes del Hada de la Aritmética, se convirtieron en diez para Navidad.

Ya resuelto el problema de los conejos, la paz reinó un tiempo en la casa, pero no duró demasiado.

—Oh, por favor, se’ora —la cocinera, sorprendida, con la cofia inclinada, exclamó en la sala—, el sótano ’tá que revienta ’e manzana’, casi todas ’tan feas, no vi a nadie que las trajera, y no hay recibo.

La cocinera, por una vez, en su trayectoria plagada de quejas, decía la verdad. El sótano estaba lleno de manzanas. Diecinueve libras con diecinueve chelines y dos peniques y un tercio de penique, para ser exactos.

Edwin se fue a dormir, y ahora estaba muy seguro de que no había soñado con el Hada de la Aritmética, y se preguntaba con ansiedad sobre qué serían las cuentas del día siguiente. Esperaba que no fueran sobre serpientes o sobre maestros de escuela dominical.

Al otro día las cuentas fueron sobre naranjas. Edwin las resolvió bien, y volvió a casa presa de las más singulares aprensiones. Y no eran infundadas. Todo el comedor y la mayor parte de la sala, hasta el séptimo escalón de la prolija escalera alfombrada, estaba repleto de naranjas doradas. El padre de Edwin dijo algunas cosas muy duras respecto de quienes hacen bromas pesadas e hizo llamar al verdulero. Edwin comió nueve naranjas y 3/7, y se fue a dormir descompuesto, pero no del todo desconforme.

Pero ahora estaba muy seguro.

Al día siguiente, la cuenta fue sobre elefantes, y en tal cantidad que su padre, cuando regresó del trabajo, se dejó llevar por un disgusto comprensible y le comunicó al dueño de la casa que, en el día de la Anunciación, abandonaría una residencia en la que aparecían elefantes y naranjas en semejantes proporciones.

Nadie sospechaba que Edwin tuviera algo que ver con estos sucesos. Y de hecho, no era su culpa; ¿cómo o por qué debería Edwin haber admitido algo?

Desearía tener el tiempo para contarte lo que ocurrió cuando las cuentas de Edwin fueron sobre bollos de mantequilla. O de los setenta y cinco cerdos que se desplazaban en círculo a velocidades variables; solo puedo decir que parte del círculo atravesaba la sala de dibujo de la madre de Edwin. Tampoco puedo aquí relatar el cuento de los trescientos pararrayos que de pronto se encontraron instalados en esta residencia que alguna vez fue feliz. La madre de Edwin lloraba todo el día, cuando no se estaba riendo, y la gente venía de todas partes para ver la casa encantada. Pero cuando la cuestión involucró cuatro mil búhos blancos y el campanario de una iglesia, todos pensaron que esto era algo más que un mero accidente.

El maestro de Edwin tenía un gusto muy particular en lo que respecta a cuentas y, una vez en el trimestre, solía dar una cuenta sobre varas. Edwin la resolvió mal a propósito, por lo que supongo que se merecía que las varas estuvieran en su casa antes que él, igual que habrían estado si hubiera resuelto bien la cuenta, y como había tomado prestada la navaja de afeitar de su padre para afilar la punta de un lápiz para la pizarra, no se deshicieron del total de cincuenta y siete varas, y alguna quedó.

Pero fue la cuenta de la cisterna la que convenció a Edwin de la necesidad urgente de encontrar al Hada de la Aritmética y rogarle que anulara el regalo que le había hecho. No es de buena educación pedir esto, pero Edwin tenía que hacerlo. Verán, la cuenta decía que la cisterna tenía que gotear un litro y medio en trece minutos y un cuarto, pero sucede que la cisterna en casa ya tenía una pequeña pérdida, en el lugar donde Edwin había probado su taladro nuevo, y las dos pérdidas juntas se las arreglaban muy bien. Cuando Edwin llegó a casa, se encontró con que caía agua de los cielorrasos de las habitaciones superiores, y el hueco de la escalera era una especie de catarata del Niágara. Era muy emocionante, pero cuando vino el fontanero, este le hizo saber al padre de Edwin todo acerca del pequeño orificio hecho con el taladro, y a Edwin se le adjudicó la pérdida de la cuenta, que era mucho más grande, y muy injusta. El padre de Edwin le habló sobre este asunto en su estudio, y fue entonces cuando Edwin supo que tenía que poner fin a las cuentas que se hacían realidad.

Entonces subió a su dormitorio con una vela y su libro de aritmética. En cuanto puso la vela sobre la cajonera, una descarga de agua cayó del cielorraso directo sobre la llama y la apagó. Tuvo que volver a bajar para buscar otra vela. Puso la vela sobre el tocador, y ¡splash!; se apagó. Silla. ¡Y splash! ¡Se apagó! Al final, logró que la vela permaneciera prendida sobre el lavamanos, que era, por curioso que parezca, el único lugar seco en toda la habitación.

Luego abrió su libro. Sabía que en algún lugar del libro debía haber algo que invocara al hada. Dijo las tablas de multiplicar hasta el nueve; como sabes, después de eso, lo peor ha pasado. Pero no apareció ningún hada.

Luego leyó en voz alta las instrucciones para aplicar distintas reglas, incluyendo las de los ejemplos ya vistos. No dio resultado.

Luego llamó al hada, pero no vino.

Luego lo intentó contando. Luego contando y llamándola, y mezclando otras cosas. Así:

—¡Oh, Hada bondadosa! ¡Uno-dos-tres-cuatro-cinco-seis-siete, ven y ayúdame! ¡Ocho-nueve-diez-once! ¡Querida Hada, hermosa, buena y adorable! Nueve por nueve, ochenta y uno. ¡Hada querida, ven, te lo imploro! ¡Siete millones doscientos mil seiscientos cincuenta y nueve! Siempre te amaré si vienes a ayudarme ahora. Tres séptimos de cinco novenos de cinco doceavos de dieciséis quincuagésimos. Fuiste tan amable el otro día. ¡Dos y dos son cuatro, y tres son siete! Ven ahora, no te imaginas en el lío tremendo en el que me has metido. Siete por nueve, sesenta y tres, aunque sé que tus intenciones fueron buenas. Hada querida. Treinta y siete menos trece da veinticuatro. Ven a ver en el aprieto en que me encuentro, por favor, ven, y el producto te dará el resultado deseado.

Edwin se detuvo sin aliento. Buscó al hada a su alrededor. Pero su habitación, con el agua que goteaba del techo, y las toallas mojadas, y las jofainas en el suelo, no se veía como un mundo de hadas. Edwin concluyó, con un suspiro, que esto no funcionaba.

—Haré otro intento en la escuela mañana —dijo. Y así lo hizo.

El maestro de Matemáticas estaba complacido consigo mismo ese día porque había logrado evitar que su mejor muchacho se dejara influenciar por los encantos del Director y el área de Estudios Clásicos.

Claro que sus alumnos supieron de inmediato el estado de ánimo en el que se encontraba el maestro de Matemáticas, sabes que siempre descubrimos eso, y Edwin se aventuró a pedir que los ejemplos de ese día fueran sobre un motor a vapor a escala.

—Solo uno, Señor, por favor —explicó con cuidado. El Maestro accedió amablemente. Y por muy buena fortuna, el ejemplo no se trataba de una caldera defectuosa o con ningún otro problema, sino que era sobre un motor de velocidad a escala. Entonces Edwin supo, cuando resolvió la cuenta, exactamente para qué sería buena la velocidad de este motor a escala que encontraría en casa. Hizo la cuenta del modo correcto.

Luego metió la cabeza dentro de su pupitre y comenzó otra vez.

—Oh, Hada bondadosa, si una cantidad de £4,700 se divide entre A, B y C, por favor, por favor, ven a ayudarme. Tres décimos de una libra equivale a seis chelines, Hada querida… once… doce… trece… catorce… Oh, Hada adorada… —y así.

Pero no vino ningún hada. Y Simpkins Minor susurró:

—¿Qué es lo que estás murmurando? —y pinchó la pierna de Edwin con un alfiler. ¿Es que no puedes resolver este horrible ejercicio?

Entonces Edwin supo de pronto lo que tenía que hacer. Inventó un ejercicio por su cuenta. Era el siguiente:

“Si hubiera 7535 hadas en mi pupitre y restara 710 y sumara 1006 y el resto se volara en 783 grupos iguales, ¿cuántas quedarían?”.

Cuando lo resolvió la respuesta era una. Con mucha prisa abrió el escritorio de nuevo y allí estaba el Hada de la Aritmética, luciendo más encantadora que nunca con un vestido lujoso de índices, delineado con números irracionales, que caían hasta sus pies en curvas tangentes. En su mano, como un cetro, resplandecía la gloria rutilante del teorema de los binomios. Pero sus ojos se veían aún más rutilantes. Sonrió; sin embargo, sus primeras palabras fueron severas.

—Niño descuidado —dijo—. ¿Por qué no aprendes a ser preciso? Es por pura casualidad que me tienes aquí. Deberías haber planteado tu problema de un modo más claro y haber dicho siete mil Hadas de la Aritmética. Imagina que te hubieras encontrado con un hada en el escritorio y se hubiera tratado del Hada de la Gramática, o del Hada del Fútbol… ¿Qué habrías hecho entonces?

—¿Hay un Hada del Fútbol? —Edwin preguntó.

—Por supuesto. Hay un hada por cada asunto que tienes que aprender. Hay un Hada de la Paciencia, y un Hada del Buen Carácter, y un Hada para enseñarles a las personas a hacer pan, y otra para enseñarles a amar. ¿En verdad no sabías eso?

—No —dijo Edwin—, pero yo digo, mira…

—Estoy mirando —dijo ella, fijando sus brillantes ojos en los ojos saltones de Edwin, exactamente igual que en su primer encuentro.

—No… Quiero decir… Oh, digo… —dijo él.

—Eso escucho —dijo ella.

—No, pero… fuera de broma —dijo él.

—Claro que no estamos en una broma —dijo ella.

—Querida, bondadosa y bella Hada —Edwin comenzó de nuevo.

—Así está mejor —dijo el hada.

—¿No has escuchado todo lo que te dije ayer, cuando el agua goteaba del cielorraso en toda mi habitación?

—Desde diecinueve puntos distintos. Claro que escuché.

—Pues bien —dijo Edwin.

—¿Te refieres a que estás cansado de que ocurran cosas cuando resuelves bien tus cuentas? ¡Prefieres que sea como antes!

—Sí, por favor —dijo Edwin—, ¿estás segura de que no te molesta? Sé que lo hiciste por amabilidad, pero, oh, es tremendo cuando las cosas se ponen difíciles. —Edwin estaba pensando en los elefantes, imagino.

—Solo lo hice para complacerte —dijo el hada, haciendo un puchero—. Haré que todo sea como antes. ¿Eso te hace feliz? Y queda tu tercer deseo. Sabes que siempre concedemos tres deseos. Es una costumbre en este rubro. ¿Qué te gustaría?

Edwin no había prestado suficiente atención a este discurso, por lo que solo había oído: “que todo sea como antes”, y luego: “¿Qué te gustaría?”.

Entonces dijo:

—Me gustaría verte de nuevo algún día.

El Hada de la Aritmética le sonrió, y su belleza se volvió más y más radiante. No se esperaba esto.

—Estaba segura de que pedirías un poni o un bate de críquet, o un par de ratones blancos —dijo ella—. Claro que me verás otra vez, Edwin. Adiós.

Y la visión brillante se desvaneció en una leve nebulosa rosada de transformaciones.

Cuando Edwin llegó a casa, oyó que habían descubierto un motor a escala en la despensa, y que se lo habían dado a su hermano menor. Existen algunas injusticias, algunas penas, a las que ni siquiera una pluma como la mía puede hacerles justicia.

Edwin es ahora una persona adulta de aspecto calmado, viste una levita negra y el pelo se le va retirando lentamente de la parte superior de su instruida cabeza. Imagino que el cabello siente que no es merecedor de cubrir tan extraordinario cerebro. El hada ha estado con Edwin, y hace muchos años ya que el hada pasa desapercibida. El otro día la vio.

Había sido nombrado Senior Wrangler en la Universidad de Cambridge al completar el tercer año con honores, pero eso no era nada para Edwin. Y fue designado Astrónomo Real, y eso, después de todo, significaba algo que podía esperar.

Sin embargo, un día, cuando se tomó un respiro de sus investigaciones y de pronto se encontró con que había inventado una nueva Hipótesis Hipernebular, pensó en el hada y, al hacerlo, la invocó. Estaba ligeramente posada sobre una pila de libros basados en los principios de Newton, sobre los que se encontraba su último trabajo: “La cuarta y otras dimensiones”. La reconoció al instante y ahora apreció, más que en su juventud, lo radiantes que eran sus ojos y sus alas, porque ahora lo entendía.

—Hermosa Hada querida —dijo Edwin—, cuánto me alegra verte otra vez.

—He estado contigo todo este tiempo —dijo ella—. Desearía poder hacer algo más por ti. ¿Hay algo que quieras?

El gran Matemático que era Edwin se pasó la mano por el cabello ralo.

—No —respondió—, no —y luego recordó la escuela y a Simpkins Minor y el viejo pupitre que solía usar, donde guardaba fuegos de artificio—. A menos que me permitieras volver a ser joven —agregó.

El hada dejó caer una diminuta lágrima, clara como un problema resuelto.

—No puedo hacer eso —le dijo—. No puedes tenerlo todo. La única que podría hacer eso por ti es el Hada del Amor. Si la hubieras encontrado a ella en lugar de a mí, siempre habrías sido joven, pero no hubieras inventado la Hipótesis Hipernebular.

—¿Imagino que ya nunca la encontraré? —dijo Edwin, y mientras hablaba miraba por la ventana hacia el jardín, donde una muchacha recogía rosas.

—¡Quién sabe! —dijo el hada—. El Hada del Amor no vive en los pupitres de la escuela, ni en libros sobre cuartas dimensiones.

—¡Quién sabe! —dijo Edwin—. ¿El Hada del Amor vive en los jardines?

—¡Quién sabe! —repitió el Hada de la Aritmética, con algo de tristeza, y desplegó sus brillantes alas y salió volando por la ventana, fuera de esta historia.

Edwin salió al jardín de rosas. ¿Y encontró al Hada del Amor?

¡Quién sabe!

P. D.: El Académico de Trinity dice que la respuesta a esa cuenta es diecinueve libras, diecinueve chelines y dos peniques con un tercio de penique.

¿El Académico de Trinity dice la verdad?

¡Quién sabe!

Fin.

Cuento extraído de Nueve cuentos improbables , InterZona editora 2019

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